La crisis del sistema educativo no es solo académica, es una quiebra de la autoridad y la salud mental del profesorado.
El aula se ha convertido en un escenario de resistencia donde el profesor ya no solo lucha contra la falta de base académica, sino contra un sistema que le ha arrebatado la autoridad. Hoy, el trabajo pedagógico en el aula se ve cuestionado por ciertas familias que pretenden dictar cómo corregir o qué y cómo explicar, amparadas por equipos directivos que, lejos de proteger al docente, le exigen una "atención al cliente" constante que devora su tiempo personal.
La jornada invisible y el colapso físico.
Detrás de cada hora lectiva se esconden dos horas extra de burocracia, mensajes fuera de horario y redacción de informes que nadie lee. Trabajamos en niveles de cortisol y tensión alarmantes, encadenando hasta seis horas sin un minuto de respiro, donde pedir ir al baño es una odisea que requiere auxilio en chats grupales. Las 6 horas y media de cada mañana son para algunos profesores una gincana sin parar ni un minuto a tomar aire y con una responsabilidad y acoso que nadie puede imaginarse si no lo vive. En este entorno, el docente debe gestionar simultáneamente a 30 alumnos con necesidades radicalmente distintas, desde trastornos de aprendizaje hasta barreras lingüísticas, mientras debe mantener la sonrisa y al grupo feliz como si se tratase de una ludoteca. Debe tener en cuenta además la normativa, órdenes, instrucciones, e-mails del equipo de orientación, mensajes de ciertas madres o padres, presentes en cada segundo mientras mira los 30 pares de ojitos y toma microdecisiones encadenadas para intentar cuadrar el círculo…
Cualquier gesto de firmeza es hoy un riesgo: si un profesor pide orden, se expone a ser tachado de "borde" o "autoritario" por algún adolescente cuya palabra, validada por su familia y por inspección, tiene rango de "fe divina".
Un
sistema que camina hacia atrás.
Las consecuencias de esta desautorización son medibles. El nivel de exigencia se ha desplomado: alumnado de bachillerato con carencias básicas en geografía, historia, o razonamiento lógico son el síntoma de un sistema que prefiere la complacencia al conocimiento y el esfuerzo. Se ha impuesto la idea de que el alumno es un "cliente" que debe estar siempre satisfecho, desplazando la figura del profesor especialista por la de un animador que debe cumplir órdenes contradictorias de inspectores que no pisan el aula. Ahora el profesor de matemáticas debe “caerle bien” a todos los alumnos y a su familia, debiendo tener múltiples personalidades y aplicar metodologías al mismo tiempo para complacer a unos y a otros; dejando de lado su libertad de cátedra o su profesionalidad; luchando con su impotencia y con su indignación para cumplir órdenes que él mismo sabe cuánto están perjudicando al alumnado y a la sociedad.
¿Imaginarían esto en un quirófano?
Nadie concebiría que un paciente entrara en un quirófano a decirle al cirujano cómo debe operar, ni que se permitiera a las familias acosar a mensajes a un médico porque no les gustó el tono de la consulta. Mucho menos al director del hospital recibiendo a madres con quejas en cualquier momento, de que no le gusta cómo han tumbado a su hijo en la camilla, o ¿por qué le han pinchado por aquí o por el otro lado? Sin embargo, en los institutos, esa "alfombra roja" para la queja arbitraria es la norma.
El sistema educativo se desploma sobre cuatro pilares rotos: la desvalorización del profesor, el poder desmedido de la sobreprotección familiar, la falta de interés real por el aprendizaje y la incompetencia de una cadena de mando que ha olvidado su propósito original.
larevoluciondelatiza
No hay comentarios:
Publicar un comentario